lunes, 1 de agosto de 2011

Humberto Moreira y Vicente Chaires : Un paseo gastronómico por el México de Alemán

Humberto Moreira foto Vicente Chaires información

“Nuestra ciudad nos brindaba tal variedad y copia de lugares en qué comer, que ya en su multitud evidenciaba mucho de su grandeza. No era empero ocasión de escatimar a mi amigo el disfrute de lo mejor que pudiéramos paladear; del sitio más en moda, elegante y caro. Entrar ahora en Ambassadeurs nos deparaba la oportunidad de ‘revolvernos’ con los ‘apretados’, como el folklore siempre renovado de la ciudad llama ahora a la ‘crema’ rancia, a la ‘elite’ de un porfirismo que tuvo sus comederos franceses en Plateros.

Si yo fuera miembro, habría llevado a mi amigo al Club de Banqueros. Allí habríamos compartido con éstos el neurótico privilegio de sentirnos, desde la terraza que mira a la Alameda, los amos de México y los autores de su desarrollo, después de haber sorbido high-balls frente a las pinturas de Angel Zárraga.

En su obra Nueva Grandeza Mexicana, Salvador Novo dejó un retrato del México de mediados del siglo XX.

En su obra Nueva Grandeza Mexicana, Salvador Novo dejó un retrato del México de mediados del siglo XX.

Y quizá yo hubiera extremado mi indiscreción hasta informar a mi deslumbrado amigo de que allí, en el Callejón de la Condesa, cabe el cual se yergue orgulloso y opulento el edificio que corona el Club de Banqueros, hubo hace cosa de un siglo una sucia tortillería, y corría un caño y pululaban los perros. Y le habría dicho que ese Sanborn’s frontero, en que podíamos haber comido, o comprado un dentífrico, o un traje, o plata, o baratijas, o pinturas, o dulces, o purgantes, o admirado un fresco de Orozco, es el Palacio de los Azulejos, cuya historia puntual escribió el señor marqués de San Francisco, y antes de ser lo que es, alojó a un Jockey Club.

Nos habríamos quedado, entonces, en el ‘Centro’ a comer. Y a falta del Club de los inaccesibles Banqueros; y de mesa enSanborn’s; y de resignación por el menú de Lady Baltimore; y de juventud para anacronizarnos en Kiko’s, habríamos podido elegir entre las cuotas modestas de un Lido en que sobrevive la orquesta mientras uno mastica, o de La Blanca, o de cualquiera de los otros restaurantes, de un San Juan de Letrán ampliado y tendido hasta el Salto del Agua.

De comer ahí habríamos fortalecido el proceso de nuestra digestión con un café sorbido en uno de tantos de esos colmenares humanos del ocio europeo que los refugiados españoles han llevado a un inédito florecimiento, entre novilleros y cómicas mientras el Café París pugnaba por gestar una bohemia literaria un poco tardía.

Ya por la tarde, si seguíamos sintiéndonos peninsulares, iríamos a tomar un café con leche, o un chocolate con molletes, a aquella Flor de México, llena de pasteles antiguos, de clientes viejos, de conmovedoras mesas de mármol, de botellones con agua tibia.

Pero se trataba de comer, y si yo hubiera adivinado en mi amigo inclinaciones nacionalistas, habríamos desandado el corto camino que hay del Ambassadeurs a la Fonda Santa Anita, para saborear en su ambiente estilizadamente típico los ‘guisos caseros’ que hicieron famoso a un Oriental frecuentado por Vasconcelos y el Dr. Atl., por allá junto al templo de Santo Domingo, cuando su dueño bigotudo servía personalmente los chongos del postre, y vigilaba la distribución de los peneques”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario